La cima de Dios

Capilla de la Ermita

Fue la capilla “La Ermita” perteneciente a la parroquia Santa Rosa de Lo Barnechea, que esta ubicada en la precordillera a 18 kms. al este de Santiago de Chile. A la cual se accede por la carretera G-21 (camino a Farellones) en la confluencia de los ríos Molina y San Francisco donde se forma el rio Mapocho.

Al ser sacerdote católico y vicario de la parroquia Santa Rosa de Lo Barnechea, voy los cuartos sábados de cada mes a celebrar misa a las 16 hrs. en la capilla “La Ermita” que se ubica en la punta de un cerro. Y por estar tan alejada y ser de difícil acceso, me ha llamado la atención de por qué la gente asiste a la misa ahí, si hay otras alternativas más fáciles a su alcance.

La capilla esta ubicada exactamente en la punta de un empinado cerro en medio del valle que lleva a Farellones, a sus pies pasan dos ríos y su vista alcanza a todo el cajón montañoso. Su construcción data desde hace más de 60 años. Hecha de ladrillo pintado al cal, es de un estilo más bien clásico con su torreta y nave central. Su tamaño es reducido ya que no caben más de 30 personas en ella. No cuenta con agua ni con luz, poseyendo una bella combinación entre su austeridad en la construcción y la sencillez de sus terminaciones. Y como último sábado de mes, subí el cerro de “La Ermita” para celebrar la Eucaristía con las personas del lugar.

A ella asistimos generalmente unas 15 personas, entre los vecinos del lugar con su padres e hijos (que se preparan para la Primera Comunión), una familia de tres hermanos ya mayores (uno de ellos con problemas tetrapléjicos) que son de Lo Barnechea, los acólitos de la capilla Santa Ana, también de misma comuna, algunos visitantes ocasionales y yo.

Pero este sábado, después de haber dejado el auto en la falda del cerro y comenzar a subir con todos los implementos necesarios para la misa, vi a lo lejos que había una cantidad inusitada de gente ya arriba. Era la familia de un difunto que cumplía un mes de fallecido. Un vecino del lugar. Y como me dijo Gloria, la sacristana al llegar arriba: “quieren una misa para ellos”. Y esto ya presagiaba que esa celebración iba a ser diferente a otras.

 El relato a continuación se contextualiza el sábado 25 de mayo de 2013, desde las 16 hrs. hasta las 17:30 hrs. en una tarde de excepcional belleza por lo frío de su viento pero soleado del día. Su duración fue de 1:30 hrs. ya que incluyó la llegada con sus respectivos saludos, la Eucaristía y luego un pequeño compartir donde realice la mayor constatación de las notas de campo. Siempre a modo de conversación con un carácter informal y coloquial, tanto en grupo como individualmente.

Todo hubiese sido normal como cualquier misa de sábado en la tarde, si no se hubieran encontrado aquellas dos familias ese día: don Fernando acababa de fallecer hacía un mes y era un antiguo lugareño del sector. Hijo arrieros, él lo había sido en su juventud, donde se había casado y tenido una familia con tres hijos, pero por razones que solo él sabe y otros especulan, se separo de doña María, partiendo como en ese tiempo se decía “al pueblo” que era Lo Barnechea. Ahí rehízo su vida casándose con doña Rosa con la cual tuvo otros tres hijos más. Y ese soleado día las dos familias: las viudas, hijos y nietos se juntaron en la punta de un cerro a recordar a quien los había marcado tan profundamente en sus vidas.

A medida que iba escalando el cerro, Gloria, la sacristana me iba contando la historia y previniendo quizás lo tenso de la situación. Ya que las dos partes solo se habían conocido en el mismo funeral y aunque sabían de su existencia, se habían ignorado por décadas, y ahora se encontraban en esta incomoda situación ya que él mismo difunto había pedido que se celebrara una misa de exequias en su querida capilla del cerro.

El aire me faltaba tanto por mi horrible estado físico pero también por la inmensa actividad neuronal en pensar como lo iba a hacer y qué decir si la situación se volvía complicada. A su vez me acompañaban dos acólitos ese día, Juanito y Bruno de la capilla Santa Ana que lo estaban tomando como un paseo a la cordillera y solo atendían a la belleza del lugar y a los juegos propios de niños.

Además también estaban Gloria, su hermana Carmen y Roberto su hermano tetrapléjico, que siempre estaban religiosamente antes tocando la pequeña campana y ordenando el interior de la capilla. Ellos son de Lo Barnechea pero en su infancia vivieron en el sector y son los que manejas las llaves del templo y su mantención.

También se encontraban las familias del lugar y como siempre el cuadro típico era: las mujeres adentro conversando, los niños de la catequesis jugando con la campana y los hombres afuera fumando.

Pero ocasionalmente siempre había algún visitante que llegaba atraído por la pizarra escolar que avisaba el día y el horario de la misa que colocamos al borde del camino. Y en esta ocasión se encontraban cuatro personas: un papa, una mama y sus dos hijos.

Así que llegue, salude a todos, percibiendo lo distantes que estaban los dos grupos familiares, me senté adelante y comenzamos a rezar el rosario mientras los acólitos y la sacristana ordenaban el altar. Hasta que lo terminamos y dándome media vuelta para comenzar,  veo que en el pequeño templo estaban las dos familias totalmente divididas: de la primera viuda a la izquierda y la de la segunda a la derecha. Y encomendándome para hacer y decir lo que mejor hiciera a todos, comenzamos con el canto. Así la misa transcurrió normal y claramente las lecturas las hizo un grupo y otro. Pero cuando llego el momento del Evangelio que era sobre la Santísima Trinidad, y rotundamente no tenía sentido explicar un misterio teológico en ese contexto sino como lo llevaba a la vida concreta, les dije más o menos esto: Dios se caracteriza por ser uno y tres a la vez, y ello no lo divide sino lo fortalece, así también nosotros, una familia es una, pero cada uno de sus integrantes son distintos, y no porque sean diferentes son una amenaza para el otro, al contrario juntos son una riqueza; y ustedes no son solo dos familias sino una, son seis hermanos, y si hoy están aquí es para rezar unidos por alguien que fue importantes en sus vidas.

Eucaristía

En verdad mis palabras no eran la solución para un problema más profundo, pero tuvieron efecto para ese momento, de calmar e iluminar la mejor actitud en ese contexto. Así que deje el saludo de la paz para el final, y ello genero una suerte de ambiente comprensión y cercanía entre todos los que estábamos ahí.

 

¿Qué sentido tiene escalar un cerro para asistir a una Eucaristía? ¿cuáles son las motivaciones?. Ya que les pudiese salir más fácil el ir a Lo Barnechea que se encuentra más cerca de sus casas. En ese contexto al acercarme a cada uno de los que estaba ahí entablamos conversaciones sobre el porque habían venido.

En el caso de la familia de la primera viuda y sus hijos, y a pesar de la separación de su marido, él nunca los había dejado de visitar siendo un buen sostenedor y padre. Y la razón del porque estaban ahí era simplemente un gesto de reconocimiento a aquel que a pesar de no vivir con ellos nunca los abandono a su suerte. Además se daban cuenta que aunque incómodo, era un proceso sanador el poder conocer a sus otros hermanos. Para ellos el sentido de lo transcendente estaba reflejado en ese lazo con su padre que había fallecido.

En el caso de la segunda viuda y sus hijos, don Fernando siempre había manifestado que quería que lo recordaran en la capilla donde él había asistido en su juventud. Y el hecho de estar ahí, era estar con él. Y también para ellos era una ocasión de conocer mejor a esa “primera familia” como le decían. Siendo su motivación más profunda el captar que con este gesto de hacer “esa última voluntad” estaban con él. Su religiosidad se manifestaba en el cumplimiento de esta “manda”.

Para Gloria, Carmen y Roberto, era un gesto de hermandad el reunirse una vez al mes solo los tres y aunque subían con dificultad por la enfermedad de su hermano eran momentos en que volvían a conversar los temas de la familia y personales. Tenía sentido para ellos el dar gracias a Dios por el estar juntos y vivos. Además ellas no lo dijeron explícitamente pero sin lugar a dudas era también un gesto de cariño hacia él. Y su sentido de trascendencia que evidenciaba en esta suerte de hermandad en vivir en un lugar, en un tiempo específico su fe, era que Dios para ellos era quien los reunía y los mantenía juntos.

Para la familia visitante, ellos simplemente cuando vieron el letrero decidieron ir a misa, no sabían dónde ni cómo, sino que solo siguieron el camino y como venían ya de vuelta de la nieve, pensaron que era una buena manera de terminar el día en familia. Los padres comentaban lo importante que era para ellos transmitirles la fe a sus hijos, no solo con las palabras sino con los gestos, y que ellos vieran lo importante que era darle ese tiempo a Dios. Y esta suerte de “misa a la pasa`” era un gesto familiar de vivir una fe en común, y encontraban que el subir un cerro para “visitar a Dios” era muy significativo.

Para Bruno y Juanito los acólitos, era un paseo y una aventura. Ya que el salir de sus casas e ir a “a la cordillera” y subir una “montaña” era algo que querían contar el lunes a su compañeros y lo más seguro su relato tendría algún cóndor y un peligro sorteado. Pero en su niñez el hecho que pongan tanta seriedad y esmero en “hacer bien la misa” yo percibía que algo de lo trascendente de Dios se manifestaba en ellos: su inocencia y transparencia los hacía manejarse libremente frente a Aquel que llaman Dios. Quizás por ello el Maestro decía una y otra vez “el que no es como niño no podrá entrar en el Reino de los Cielos”.

En el caso de las familias de lugar era la oportunidad de ir a misa ya que a ellos sí les queda lejos “el pueblo”. Y frente a la necesidad de reafirmar su fe, porque la mayoría de sus vecinos se habían convertido en evangélicos, esta era la ocasión de mantener esa fe dada y que ahora ellos también querían transmitir a sus hijos. Por ello sus niños se estaban preparando para la Primera Comunión y era una fiesta ese sábado al mes en que salían como familia a ese cerro que les era tan familiar. Era Dios quien los visitaba y ellos “respondían a esa invitación”.

Y para mi como sacerdote el hecho de poder celebrar una Eucaristía en donde el número de personas no es lo esencial sino lo celebrativo en comunidad, es algo que me hace volver siempre a la raíces de mi vocación. Y por ello espero con ciertas ansias “esas misas”, en las que tendré salir de mi medio habitual (la ciudad), y subir-ascender no para encontrar a Dios sino para compartirlo con otros, que siempre son una novedad.

 ¿Por qué las personas suben a las alturas para buscar a Dios? hay un atractivo en esa experiencia de ascenso y búsqueda de lo que no poseemos, en lo que esta fuera de nuestro alcance más cotidiano y se relaciona con lo trascendente. El concepto de religión viene precisamente de religare, es decir de aquello que nos vuelve a unir. Por eso la religión es un medio y no un fin en sí mismo que busca siempre unirnos a lo más profundo e innato de nuestras historias.

 La partida de un ser querido se transforma en una instancia de búsqueda no solo de él sino de querer conformar sus propias historias dándoles un sentido. La misa para ellos no era solamente un evento litúrgico, sino el juntar dos historias y reconocer el tronco común: don Fernando el esposo, padre y abuelo.

Dios y un lugar se conforman en el punto en común de una historia familiar donde tres hermanos reviven y viven continuamente esa complicidad íntima del saberse unidos no solo por los lazos de la sangre sino de un ascender juntos en la vida. Lo trascendente para ellos trasciende su cotidianeidad y  eso es parte constitutiva de ellos.

La transmisión de la fe con el ejemplo, como en el caso de la preocupación de unos padres no solo por el crecimiento corporal de sus hijos, sino de ese deseo de darles lo que a ellos también los fortalece, convierte la ascensión en un modo de transmitir no solo por ellos sino con ellos, lo que les da el sentido de sus vidas: su fe que se concretizada en la Eucaristía. No es solo el rito, sino la vida llevada a una celebración.

El deseo innato de acercarse a aquello que nos trasciende con la pureza de un servicio “tal como niños” es algo genuino; y la búsqueda de afirmación de una identidad que nos une con nuestro pasado y da sentido al presente dentro de lo diverso, es Dios quien atraviesa esa consistencia. Y el sentido vocacional en un sacerdote, en donde la Eucaristía tiene un fin celebrativo y comunitario, y que el valor es dado no por la rúbrica sino que está en la celebración con otros y por otros.

Hay algo de simbólico y real en esa necesidad de subir una cima para buscar y compartir aquello que nos falta y da sentido. No es solo el cuerpo el que asciende sino el espíritu con él. Agustín decía en sus Confesiones “nos hiciste para ti, y nuestro corazón esta inquieto hasta que no descanse en ti” buscando transmitir esa necesidad del hombre de Dios.

Cada uno de los que estábamos esa tarde en la cima de la montaña, íbamos por distintos motivos, pero perseguíamos un mismo fin: encontrarnos con nuestros seres queridos, entre nosotros y a sí mismos.

Un lugar, una historia y una fe.

Comunidad

Publicado por Juan Manuel Sayago

Psicólogo Clínico - Teólogo

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